Vida estudiantil en la ETPI de Vilanova
La década de 1950 en España fue un período de cambios lentos pero significativos, marcados por una sociedad que comenzaba a despertar tras una larga posguerra. Vilanova i la Geltrú, a pesar de mantener un carácter tranquilo y costero, no fue ajena a estos vientos de transformación. Para los jóvenes que llegaban a la Escola de Pèrits Industrials, la vida universitaria representaba una ventana a nuevas ideas y un paso hacia un futuro profesional.
La movilidad era un lujo para la mayoría. El Seat 600, que motorizaría el país, apenas comenzaba a aparecer. Las comunicaciones eran más lentas y volver a casa cada fin de semana era una quimera para muchos. Esta «isla» que Vilanova representó durante los nueve meses académicos intensificó las relaciones entre los estudiantes, obligados a depender unos de otros para obtener apoyo, ocio y compañía.
La cultura popular de la época también jugó un papel importante. La radio era la reina del entretenimiento, transmitiendo canciones que hablaban de amores jóvenes y sueños de futuro. El cine comenzaba a popularizarse y los teatros Bosch, Diana o Principal se llenaron de figuras como Brigitte Bardot o Marlon Brando, marcando tendencia y despertando pasiones.
En este contexto, la necesidad de una residencia de estudiantes era evidente. No se trataba solo de encontrar un lugar para dormir; era una declaración de autonomía y una respuesta creativa a las limitaciones de la época. En una época en la que las infraestructuras para estudiantes eran escasas, la capacidad de estos jóvenes para organizarse y gestionar un acuerdo con un hotel demuestra un espíritu emprendedor y una fuerte cohesión. Abriendo paso a La Goya.
Se convirtió en un microcosmos de la vida universitaria en la década de 1950. Las habitaciones fueron testigos de conversaciones nocturnas sobre temas, pero también de las primeras inquietudes sobre el futuro y las confidencias típicas de la juventud. Los espacios comunes fueron escenario de partidas de ajedrez, canciones acompañadas de guitarras y la planificación de las primeras salidas.
La Tuna, con sus serenatas y su aire romántico, también encontró uno de sus epicentros en La Goya. Noches de jolgorio y canciones populares resonaban en sus paredes, creando un ambiente de hermandad y celebración. Estas experiencias, junto con publicaciones como La Estudiantina, nos ofrecen una vívida imagen de una época en la que la vida social y las relaciones personales eran pilares fundamentales de la experiencia universitaria.
La fundación de La Goya no fue solo un acto práctico, sino también un símbolo de la capacidad de los estudiantes para construir su propio espacio y forjar vínculos que trascenderían los años de estudio. En un contexto histórico donde la individualidad aún no lo impregnaba todo, la fuerza del colectivo y la creación de este «hogar lejos del hogar» fueron elementos clave en la construcción de una identidad de promoción que perdura hasta nuestros días.